Más de 100 países recorridos. En 2026, la bandera de Colombia en el Polo Sur geográfico y en el Polo Norte.
Hay viajes y hay expediciones. Este fue de los segundos. La llegada fue en un avión DC-3 modificado, turbohélice, que aterrizó sobre una pista de hielo azul, frente a las últimas montañas de roca negra del continente antes de que empiece el verdadero desierto blanco hacia el Polo Sur.
El día grande fue el 24 de enero de 2026: el Polo Sur geográfico. El poste de rayas rojas y blancas con su esfera de espejo, las banderas de las naciones, el letrero de la estación Amundsen-Scott, y la bandera de Colombia desplegada en el punto donde se juntan todos los meridianos.
El campamento Echo de White Desert fue como viajar a otro planeta: domos futuristas en medio del hielo, curling sobre el hielo, una cueva de hielo iluminada de azul y morado y, en Atka Bay, algunos pingüinos emperador, los verdaderos dueños de este continente.



La salida fue desde Svalbard a bordo del Le Commandant Charcot de Ponant, un rompehielos diseñado con la máxima tecnología para navegar en el Ártico. Fueron quince días: tres navegando hacia el polo, dos de ellos abriéndose paso entre hielo de hasta dos metros de grosor, con ballenas, osos polares curiosos y 24 horas de luz.
El 16 de julio de 2026 el barco llegó a 90°00' Norte. En la cubierta, la bandera de Colombia junto al letrero "Pole Nord 90°00'N", en la cima del planeta. Sobre el hielo, todos los pasajeros formaron con sus cuerpos un gigantesco "90N". Allí mismo, detenido en el hielo, estaba el rompehielos ruso, el único que se le compara.



La subida al Nido del Tigre (Paro Taktsang) fue a caballo, y los caballos no tenían rienda. Al principio daba miedo: ¿cómo conducir un caballo sin rienda? Pero entre precipicio y precipicio quedó claro que era mejor así. Ese caballo llevaba años subiendo por esos caminos y conocía su ruta; lo peligroso habría sido querer sobrecontrolarlo al borde de un abismo.
Y entonces aparece el monasterio, colgado del acantilado como si desafiara la gravedad, rodeado de montañas verdes y cielo azul. Una lección que se trae de Bután: a veces hay que dejar que el que conoce el camino nos lleve.

