JUAN GONZALO ANGEL

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Unos pasan hambre y otros botan la comida

Por Juan Gonzalo Angel Restrepo

Las campañas sobre el hambre en el mundo son frecuentes. Mucho menos se habla de la comida que termina en la basura. Y las dos cosas son caras de la misma moneda.

Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, en 2022 se desperdiciaron 1.050 millones de toneladas de alimentos: casi una quinta parte de la comida disponible para los consumidores. El 60 % de ese desperdicio ocurrió en los hogares, el equivalente a más de mil millones de comidas cada día.

Al mismo tiempo, la FAO calcula que en 2024 unas 673 millones de personas pasaron hambre en el mundo, alrededor del 8 % de la población. Ha habido avances, pero la cifra sigue siendo inaceptable.

Producir un litro de leche, un kilo de carne o una caja de frutas exige tierra, agua, trabajo, semillas, combustible y muchas madrugadas. Cuando esa comida se bota, se bota también todo ese esfuerzo.

El desperdicio tiene muchas causas: fechas de vencimiento demasiado estrictas, consumidores que solo aceptan la fruta perfecta, malas prácticas de almacenamiento y transporte, y cosechas que se pierden porque no hay cómo sacarlas a tiempo al mercado. Algunas se resuelven en casa, comprando solo lo que se va a consumir. Otras exigen vías, centros de acopio, cadenas de frío y mejores precios para el productor.

En los programas de TvAgro aparecen muchos productores que convierten lo que antes se perdía en algo de valor: frutas que se deshidratan, residuos que se vuelven abono, desechos que alimentan la mosca soldado negra y se convierten en proteína. Esas soluciones existen y se pueden multiplicar.

Reducir el hambre y reducir el desperdicio no son dos tareas separadas. Son la misma tarea.

Fuentes: PNUMA, Food Waste Index Report 2024; FAO y otros, El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2025 (SOFI 2025).

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