JUAN GONZALO ANGEL

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Sin corrupción las cosas funcionan mejor

Por Juan Gonzalo Angel Restrepo

Cuando una institución funciona con transparencia, los resultados se notan. Hace algunos años, Bogotá vivió un periodo en el que sus indicadores de seguridad mejoraron de manera notable. Más allá de las cifras, la lección fue clara: cuando hay liderazgo, controles y una policía que rinde cuentas, la ciudadanía lo percibe.

La corrupción tiene el efecto contrario. Cada peso que se pierde en un contrato amañado es una vía que no se construye, un hospital que no se dota o una escuela rural que no se arregla. Y además destruye algo más difícil de recuperar: la confianza.

En el campo, la corrupción se siente de manera directa. Proyectos productivos que nunca llegan, subsidios que se quedan en el camino, carreteras terciarias que se pagan pero no se terminan. Los productores aprenden a desconfiar de todo lo que viene del Estado, y esa desconfianza frena el desarrollo.

Combatir la corrupción exige instituciones fuertes, sanciones reales y, cada vez más, tecnología: contratación pública en línea, datos abiertos y seguimiento ciudadano a los proyectos. Cuando la información es pública, es más difícil robar.

Un país sin corrupción no es un país perfecto, pero sí uno donde las cosas funcionan mejor para todos.

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